Epifanía con San Agustin

Publicado el 06/01/2022
Agustinos


Epifanía del Señor

 

Mt 2, 1-12

Cuando vino, nos anunció la paz a nosotros, que estábamos lejos y a los que estaban cerca.

En esta fiesta de la Epifanía del Señor vemos como el Señor Jesús se anuncia a todos. Los que están cerca y los que están lejos. A los judíos que lo esperaban desde siglos, y a los gentiles, que, desde ahora, lo podrán adorar. A los que vivieron en esa época, y a nosotros, que lo seguimos siglos después. Dios se nos ha manifestado para darnos su amor y para que vivamos desde él. Y como los Magos cambiaron de camino al volver a sus casas, también nosotros cambiemos de vida y estemos más cerca de Dios.

“En el mismo día de su nacimiento se manifestó a unos pastores advertidos por un ángel, y en el mismo día, lejos, en el oriente, recibieron el anuncio los magos a través de una estrella, pero solamente en esta fecha fue adorado por ellos. Toda la Iglesia de la gentilidad ha aceptado celebrar con la máxima devoción este día, pues ¿qué otra cosa fueron aquellos magos sino las primicias de los gentiles? Los pastores eran israelitas; los magos, gentiles; aquéllos vinieron de cerca; éstos, de lejos; pero unos y otros coincidieron en la piedra angular. Dice el Apóstol: Cuando vino, nos anunció la paz a nosotros, que estábamos lejos y a los que estaban cerca. Él es, en efecto, nuestra paz, quien hizo de ambos pueblos uno solo, y constituyó en sí a los dos en un solo hombre nuevo, estableciendo la paz, y transformó a los dos en un solo cuerpo para Dios, dando muerte en sí mismo a las enemistades.

Esta Palabra, que en el principio era Dios cabe Dios, hecha ya carne para habitar en medio de nosotros, había venido hasta nosotros y permanecía junto al Padre; sin abandonar a los ángeles allá arriba, por medio de ellos reúne a los hombres junto a sí aquí abajo. Resplandece por la verdad inconmutable ante los habitantes del cielo en cuanto Palabra y yace en un pesebre a causa de la pequeñez de la posada. Él hacía aparecer en el cielo una estrella que le indicaba en la tierra como merecedor de adoración. Y, no obstante ser niño tan poderoso, tan grande, siendo aún pequeño, llevado por sus padres, huyó a Egipto debido a la hostilidad de Herodes. De esta manera ya hablaba, aunque no con palabra, sino con los hechos, y en silencio decía: Si os persiguen en una ciudad, huid a otra.

Después de conocer al Señor y Salvador Jesucristo, quien, para consolarnos a nosotros, yació entonces en una gruta angosta y ahora está sentado en el cielo para elevarnos allí, anunciémosle nosotros en esta tierra, en este país de nuestra carne, de manera que no volvamos por donde vinimos ni sigamos de nuevo los pasos de nuestra vida antigua; anunciémosle nosotros de quienes eran primicias los magos; nosotros, heredad de Cristo hasta los confines de la tierra”.

También para nosotros proclamaron los cielos la gloria de Dios; también a nosotros nos condujo a adorar a Cristo la refulgente verdad del evangelio, como si fuera una estrella del cielo; también nosotros hemos honrado a Cristo rey, sacerdote y muerto por nosotros, cual si le hubiésemos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo queda que para anunciarle a él tomemos un nuevo camino y no regresemos por donde vinimos.

Sermón 202, 1-2.4.