¿Dónde vive Dios?

Escrito el 05/12/2023


 

 

¿DÓNDE VIVE DIOS? Sucedió durante una clase normal de una escuela primaria, en el que el maestro trataba de persuadir a los alumnos acerca de la no existencia de Dios. El debate favorecía a este, porque en realidad nadie objetaba el argumento de dicho profesor. La pregunta era simple, sencilla, normal, pero su respuesta sí que hacía cimbrar no solo a la clase sino a todo el entorno de aquel lugar. "¿Dónde vive Dios?" Esa sí que era la pregunta del millón. Tienen cinco minutos para que me lean sus respuestas, arremetió con todo el educador. Pasados cinco minutos la dinámica de lectura de respuestas comenzó. Eso sí que fue algo digno de presenciarse. Y mientras los alumnos leían, el maestro cada vez se alzaba más orgulloso y soberbio, evidenciando un festejo y celebración por las respuestas incongruentes y sin tino por parte del alumnado.

"¡En mi corazón", decían muchos!, "¡En su santo templo!", decían otros, "En el tercer cielo", expresaban otros, "En Jerusalén...", "en las montañas...", "en los desiertos...", "en el aire...", "en las nubes...", "en una nave espacial...", dijo la más despistada. "¿Dónde vive Dios?", volvió a tronar la pregunta el profesor. Y cuando ya el silencio reinaba peor que el ambiente de una tumba, se oyó una voz dulce y agradable, pero firme, con la mano levantada y mirando con seguridad al profesor dijo:

- "¡Yo sé dónde vive!", profesor.

- "¿Dónde?", preguntó él.

Ella, la dulce niña, sin titubear, contestó con la más absoluta seguridad. "¡Dios vive en mi casa!", profesor. Mi padre lleva años sin beber alcohol, ya trabaja, nos lleva alimentos y ropa y hasta una lavadora compró a mamá, pero lo más importante es que ya no golpea a mi madre, ni nos corre de casa bajo la lluvia, no nos insulta, ni se escucha la música grotesca a altas horas de la noche y eso ocurría con mucha frecuencia. Mamá ya puede sonreírnos y hasta ha venido a la escuela a dejarme, pues, no salía porque siempre amanecía golpeada y herida. Mi hermana y mi hermano mayores ya se habían escapado de casa y vivían en la calle como indigentes... Hoy nos sentamos todos juntos en nuestra humilde mesa, para disfrutar de nuestros alimentos. Ya no nos sentimos huérfanos, abandonados, o viviendo en la miseria, el llanto y el dolor. Ha pasado algún tiempo ya sin un grito en mi casa, sin que tengamos que ir a refugiarnos con los vecinos. Hoy mi padre me abraza y me dice que me ama y hasta me ha comprado alguno que otro regalito. Mi padre nos ha pedido perdón, y también a otras personas, y los domingos se levanta muy temprano y lo he visto de rodillas llorando, luego nos lleva a todos a la iglesia. Le pregunté un día que como había ocurrido ese cambio. Él solo me contestó que le había abierto la puerta de nuestra casa a Dios. Y es por eso que yo afirmo contundentemente qué Dios vive en mi casa, y todos los días le pido que jamás se marche de nuestro hogar.

Texto extraído de Pildorasdefe